Mallorca, una carta de amor

Opinió / Lluís Abbou

Porque desde la distancia todo es diferente y parece mejor, y mucho más en estos tiempos coronarios en los que nadie sabe muy bien qué ocurrirá, esta semana he escrito una carta de amor.

Desde arriba también todo es diferente… a veces mejor, a veces peor. Desde arriba el mar susurra ininteligible sus amenazas, los acantilados desafiantes son abrigo de los vientos y el peregrino se descalza el alma para reposarla en la Tierra. Desde aire y tierra, Tu nombre sabe a sueño. Un sueño que invita a ser vivido desde tus playas de arena fina, tu mar profundo azul turquesa, tu paisaje verde, tus pueblos de piedra, tus potentes rayos rojos, tu gastronomía llena de sabores y olores, tu historia de una mezcla de civilizaciones… Esta isla del Mediterráneo tiene algo indefinible, misterioso y encantador que todos aquellos que la descubren sienten como se les va impregnando en la piel y los sentidos. Quizás sea por eso, porque Mallorca es un sueño. No me hace falta buscar información en las guías ni en internet sobre ella, pues es la isla que me vio nacer.

Cinco son sus principales áreas geográficas, cada una con personalidad diferenciada, pero con rasgos comunes, atractivos y seductores. Tramuntana, una diagonal en la cornisa norte, desde Andratx hasta Formentor; En ella se encuentran pueblos de montaña tan sugerentes como Valldemossa, Deiá, Banyabufar o Soller. Al pie de la Serra y de camino al llano, es Raiguer, integrada por once municipios que guardan en su interior el encanto y el carácter de antaño. En el llano, es Pla, tierra de antiguos agricultores y ganaderos en la que pervive entre sus campos la tradicional arquitectura de possessions y sus raíces como pueblo. Migjorn, el sur, está envuelto en el tono ocre de una tierra arenisca que posee alguna de las playas más bellas de toda la isla. Y en el vértice nororiental, es Llevant, donde el paisaje se muestra como un verdadero juego de la imaginación en el que conjuran montañas, llanuras y playas.

En Mallorca, una tierra antiguamente codiciada por las más variadas civilizaciones, hoy se dan cita más de ocho millones de personas. Y todas son bien recibidas. Porque esta isla no defrauda, tiene siempre algo que ofrecer. Tanto al defensor del “no-hacer-nada-tumbado-al-sol”, como al amante de la naturaleza que busca conocer la flora y fauna, o a aquél que busca entre las calles y los edificios un pasado de historia y arte. Mallorca ofrece al visitante calas íntimas donde ir a enamorarse, tardes de brisa marina en el rostro rojizo, casitas trepando las faldas de colinas verdosas, rayos de un potente Sol…

Mallorca es un reino y Palma es su dama prisionera. Coqueta, su bahía luce el maquillaje que a todos enamora. Caminar por el casco antiguo es viajar en el tiempo. Cada rincón, cada esquina, cada plaza, ocultan un recuerdo, una canción de otros lugares aún desconocidos, mera promesa en nuestros diarios. El Pueblo Español es viajar a todas partes.

Recorrer la isla es aconsejable, casi imprescindible, para entender la pureza y sencillez de la vida misma.

Sóller y su puerto dibujado a pincel por algún soñador trasnochado.

Sa Calobra y sus cortados imposibles que hizo el agua del torrente en la pura piedra.

Nudos de carreteras que abren la Serra de Tramuntana.

Valldemossa de piedra florecida y dulces de patata que saben a tierra. Sol resplandeciente que más que dorar, acaricia.

Porto Cristo y Manacor, tierras estrelladas; Inca; Lluc; Pollença; Sineu; Banyalbufar…

¿Cuántas canciones susurraron los vientos en los acantilados? ¿Cuántos poetas enloquecieron ciegos de tanto mirar un mar que a ratos se confunde con las nubes?

Mallorca está abierta a todo el mundo.

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