McConaughey y ‘Serenity’

Opinió / Lluís Abbou

 

Sucede una vez al año. Más o menos una vez al año se estrena una película protagonizada por actores muy conocidos y con un gran presupuesto y, sorprendentemente, es muy mal recibida por la critica y la taquilla. Se publican largos artículos en los que se diseccionan sus errores, cada frase del guion y decisión artística se ponen en duda y se dice que los actores que aparecen en dicha fallida película no saben elegir sus batallas o están en un momento bajo de su carrera y deben aceptar cualquier proyecto. Pertenecen a esta categoría cintas como The Monuments Men con George Clooney, Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur protagonizada por Jude Law, Batman v Superman: El amanecer de la justicia con Henry Cavill y, erróneamente, Serenity (Steven Knight, 2019), con Matthew McConaughey y Anne Hathaway.

Serenity (en español “Serenidad”, pero el título no se tradujo) tenía un buen historial. Su director y guionista es Steven Knight, quien creó la exitosa serie de televisión Peaky Blinders sobre una banda en la ciudad industrial de Birmingham durante la posguerra. En 2013 también escribió y dirigió Locke, un drama protagonizado por Tom Hardy que transcurre únicamente en el interior de un vehículo. Knight claramente tiene talento y con los galardonados Matthew McConaughey y Anne Hathaway a bordo, las expectativas de Serenity eran altas.

Es fácil ver por qué a Serenity le falta la capacidad de conectar con el público. Es una película que opera en una dimensión propia e independiente. Ambientada en la isla ficticia de Plymouth, comienza como un cine negro centrado en Baker Dill, un capitán de barco pesquero muy bronceado y con frecuencia sin camisa que está casi obsesionado con una sola misión: atrapar un atún enorme que parece estar siempre nadando alrededor de su barco. No, no es un documental sobre lo que hace el verdadero McConaughey durante sus vacaciones, pero bien podría serlo. Es imposible imaginar a otro actor en el papel. Todo da un giro cuando Karen, la exesposa de Dill, le propone asesinar a su nuevo marido, que abusa de ella y aterroriza al hijo que tienen en común. Karen obtiene la paz y Dill gana 10 millones de dólares.

Algunas películas del cine negro de la América de los años 40 y 50 se basan en placeres muy simples: mares muy azules, arena blanca, estrellas de cine a medio vestir y el regodeo de ver cómo lo que era el paraíso para alguien se convierte en un infierno en la Tierra. Serenity juega con todos esos clichés con entusiasmo y estilo, así que, ¿qué pasa con su terrible reputación? Tiene algo que ver con el hombre con un traje que sigue a Dill, desesperado por hablar con ella sobre “las reglas”. O que Dill parece tener una conexión telepática con su hijo, a quien a menudo vemos sentado frente a la pantalla de un ordenador escribiendo código para crear aplicaciones o páginas web. O que el personaje interpretado por Diane Lane sólo aparezca en dos escenas y sea en la cama con Dill a cambio de dinero.

Poco a poco, emerge la verdad. Todo lo que estamos viendo es un videojuego creado por el hijo de Dill (no se preocupen, conocer la trama antes de ver esta película es más que recomendable). La isla de Plymouth no existe. Tampoco Baker Dill. El niño ha creado un juego en el que su verdadero padre mata a su nuevo padrastro, como mecanismo de supervivencia. Es El show de Truman: una vida en directo (Peter Weir, 1998) para los fanáticos de la teoría de la simulación.

A pesar de todos sus defectos, Serenity representa la visión de un director a quien, en un mar de franquicias para cumplir con las expectativas de la audiencia, no le aterroriza hacer una película independiente y complicada. Y en McConaughey, Knight encontró al actor perfecto para encarnar su visión cósmica. Cuando se trata de hablar sobre la naturaleza del universo, nadie es más apropiado que el propio McConaughey. Es fácil imaginarlos en el set, envueltos en una neblina de humo de marihuana, animándose el uno al otro para hacer la historia aún más extravagante. McConaughey es quien reproduce esta frase del guion: “¿Sabes eso que dicen que en Plymouth todos saben de todos? Pero lo cierto es que nadie sabe nada” No hay otro actor en esta dimensión que pueda hacer que semejante estupidez suene creíble.

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