Opinió / Lluís Abbou

 

“¡No quiero volverme loco, cielo!” dice el rey Lear. Anthony Hopkins, quien interpretó a Lear en la producción de Richard Eyre para la BBC, ahora ofrece otra actuación como un patriarca enfermo con una hija favorita y sin un lugar donde estar, en una película dirigida por Florian Zeller. Hay una angustia insoportable en esta película por la que Hopkins se ha convertido en el ganador más viejo del Oscar a Mejor Actor.

Hopkins es Anthony, un anciano viudo, gracioso y cascarrabias. Un ingeniero jubilado que vive solo en un apartamento espacioso y bien equipado en el oeste de Londres. Anthony recibe visitas regulares de su afectuosa y exasperada hija Anne, interpretada por la inteligente y perspicaz Olivia Colman. Pero las cosas están muy mal, porque Anthony tiene demencia. Está sujeto a cambios de humor y ataques de mal genio relacionados con su repentino terror por no poder entender lo que está sucediendo. Su comportamiento ya ha provocado que su cuidadora abandone. Ahora Anne le dice que tiene que acostumbrarse a Laura porque ella, después de divorciarse de Paul, ha encontrado una nueva pareja y se va a vivir a París.

Lo que da mucho miedo de El padre es que sin trucos de cámara ni cosas raras nos mete en la cabeza de Anthony. Vemos y no vemos lo que él ve y no ve. Se nos invita inteligentemente a asumir que ciertos pasajes de diálogo están sucediendo en la realidad, y luego se nos muestra que no es así. Experimentamos con Anthony, paso a paso, lo que parece ser el deterioro progresivo de su condición y sus bucles temporales. Las personas se transforman en otras personas; las situaciones se modifican; los muebles del apartamento cambian repentina; y, desconcertantemente, una escena que parecía seguir a la anterior resulta haberla precedido. Y gente nueva, gente que no reconoce (interpretados por Mark Gatiss y Olivia Williams) y que por tanto no conocemos nosotros aparecen en su apartamento y le hablan con una dulce sonrisa.

Anthony es, por supuesto, diferente del rey Lear. El primero no sabe lo que le está pasando (la decaída de Lear está provocada por sus decisiones, y él lo sabe). Las cosas se han complicado. Pero Anthony muestra cómo su conciencia todavía está ahí, a un nivel más profundo, y a veces resurge en pequeñas disculpas devastadoramente dolorosas a Anne. Anthony está perdido en un laberinto. Uno mental. ¿Dónde está su reloj? ¿Está casada su hija? ¿Se va a mudar a Francia? ¿Qué le pasó a su otra hija? ¿Dónde está ese maldito reloj?

Lo que separa a El padre de otras películas sobre el hacerse mayor es su ingenio. La película parece saltar en el tiempo para capturar recuerdos mezclados a medio recordar, pero también parece tener una narrativa lineal siguiendo a Anthony a lo largo de lo que parecen ser par de días. Su punto de vista parece ser confiable, pero luego todo cambia. Nos coloca en la mente de alguien que está perdiendo la cabeza, y lo hace al revelar que esa mente es un lugar de experiencia aparentemente racional y coherente. La única película a la altura de ésta es Boyhood (Momentos de una vida), esa extraordinaria cinta sobre las vivencias de una familia que se grabó durante doce años para que el envejecimiento de los personajes fuera real.

El padre es una obra maestra devastadora del director Florian Zeller, basada en su obra teatral Le Père. Viendo El padre nos adentramos en la demencia tipo veo-algo-tu-también-lo-ves-¿verdad? También conseguimos colocar todas las piezas del rompecabezas de la vida de Anthony. Todo el elenco de El padre hace que cada personaje te importe (Colman aporta a su papel una vulnerabilidad amorosa impactante), pero Hopkins es absolutamente deslumbrante. Anthony se está perdiendo más a sí mismo que a su memoria. El triunfo de la actuación de Hopkins es que incluso mientras se pierde tú estás con él.

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