Este “azúcar quemado” es un dulce delicioso

Opinió / Lluís Abbou

La primera novela de Avni Doshi fue finalista para el premio Booker 2020, que ahora ha sido bellamente traducida al español por Raquel Vicedo de la mano de Temas de Hoy, estará en librerías a partir del 17 de este mismo mes de marzo. Es una historia familiar elegantemente escrita. Es imposible parar de leer cuando uno ha terminado la primera página. Estilosa y moderna, está ambientada en la ciudad india de Pune y narrada por un artista, Antara, que observa cómo la personalidad dominante de su madre, Tara, da paso a la demencia y el declive. Azúcar quemado es una obra de extraordinario ingenio, ímpetu y perfección. 

Desde la primera línea, “Mentiría si dijera que nunca he sentido placer cuando a mi madre le ocurre una desgracia”, la novela es una demostración atrevida y punzante de heridas, crueldades, injusticias y traiciones. “La compasión que [mi madre] despierta en los demás me produce acidez”, afirma la narradora. Ésta es una tragedia familiar mezclada con talento y maldad a partes iguales. No es que Doshi haya escrito algo que nadie había pensado antes ––es que ha escrito algo que nadie había expresado jamas de manera tan exquisita y descarada. “Estoy de luto, pero es demasiado pronto para quemar el cuerpo”, piensa Antara cuando su madre presenta síntomas de Alzheimer.

Los médicos sólo ofrecen una dosis de vaga esperanza; no hay un diagnóstico concreto y mucho menos una cura. Al ser Antara hija única, ésta asume la responsabilidad de su cuidado con una determinación mezclada con resquemor, antipatía y sospecha. Esta situación, difícil en las mejores circunstancias, se vuelve insoportable por la tensa relación que Antara mantiene con su enferma progenitora. En la narrativa, que se desarrolla a través de suaves saltos entre el presente y el pasado, nos enteramos de la historia de su respetable familia. Vemos la vida un tanto extraña (incluso salvaje) de Tara mientras arrastraba a su hija-medio-olvidada de la casa familiar a un monasterio y luego a las calles de Pune, y de las calles a una escuela religiosa. Con el pulso estable, calculado y frío de un médico cirujano, Doshi muestra la herida abierta antes de la cicatriz.

Cuantas más páginas se dejan atrás más evidente se hace que la memoria no es una ciencia, y mucho menos una exacta. Los recuerdos de Antara parecen no ser del todo fidedignos y aparecen discrepancias. Después de todo, ¿cuán objetiva puede ser la memoria cuando ésta está tan estrechamente entrelazada con la aspiración, el resquemor y el rencor? A pesar de la, a primera vista, simplicidad y naturalidad de su prosa, Azúcar quemado no es emocionalmente fácil de digerir. Doshi construye un ambiente casi asfixiante que hace que el lector desee cualquier momento de ternura, de amor. Y, de hecho, amor hay. Pero éste amor parece hacer las cosas todavía más complicadas. Es la herida abierta de antes. La demencia, sin embargo, es la verdadera protagonista de la novela y Doshi la maneja con cuidado.

Doshi se sumerge en un conocido problema social: Antara y sus amigos son personajes que pertenecen a una generación lista para beneficiarse de las silenciosas luchas de sus padres. Azúcar quemado no se pierde por el laberinto de problemas poscoloniales. Sin embargo, Antara y sus conocidos también pertenecen a una prole que amenaza con defraudar los ideales de prosperidad de sus padres, para quienes mudarse a Occidente era el máximo logro.

Azúcar quemado es un libro que te agarra por el brazo y no te suelta. A menudo hace que aprietes los labios, pero la recompensa final vale mucho la pena. Y hablando de finales: una sorpresa. Una descripción memorable del cuidado tóxico de hijos y sus caóticas secuelas. Azúcar quemado es una historia atentamente escrita y repleta de detalles y observaciones. 

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