Opinió / Lluís Abbou

“Es imposible no amar a alguien que te prepara tostadas”, escribió Nigel Slater en su autobiografía Toast. Todos tenemos opiniones muy definidas sobre qué es una tostada y, debido a su aparente simplicidad, en ninguna ocasión estamos más consternados que cuando alguien nos sirve la tostada equivocada. ¿Cómo nos podemos llevar bien con alguien que ni sabe cómo hacer tostadas? Pero, por supuesto, no es tan simple. En su forma más básica, las tostadas pueden consistir en sólo dos ingredientes (pan y grasa) pero las variables en cómo se pueden preparar y servir son casi infinitas, al igual que los prejuicios y las preferencias personales que se arremolinan a su alrededor. Es por esto por lo que he decidido abordar el desayuno por excelencia.

El pan es esencial. Servido caliente y lo suficientemente cubierto con la grasa adecuada, cualquier pan tostado le proporcionará una sensación de placer excepcional. El grosor de la tostada es también crucial. Desea profundidad (no más de dos centímetros y medio, mucho menos para panes densos) para que así en cada bocado obtener un mordisco crujiente pero blando seguido de una inundación de bondad mantecosa. Como regla general, a menos que la coma con una mermelada muy dulce con la que un pan oscuro proporciona un contraste terroso satisfactorio, evite los panes multigrano o integrales y use un pan de molde blanco. Muchos panes oscuros reaccionan mal al tostado y el calor puede convertir sus superficies en paisajes ásperos, marchitos y con pedazos de carbono ––como si fuera un bosque después de un incendio forestal, destruyendo cualquier mineral. 

Si se toma en serio las tostadas (y quizás es lo único que debe tomarse en serio) asar a la parrilla es la única opción. La razón de una tostadora es la siguiente: “Estoy ocupado y soy demasiado importante. Mi valioso tiempo vale mucho más que una buena tostada”. Al no usar una parrilla, está aceptando el mito de que, como humanos, no podemos disfrutar de un manjar tan sencillo y no podemos perfeccionar los simples placeres de la vida. Sin embargo, nuestra consiguiente falta de disfrute en el producto final (y esta reflexión podría aplicarse a cientos de actividades diarias), es la razón por la que la sociedad occidental por todas sus opciones y distracciones y panes artesanales está atrapada en una insatisfacción de bajo nivel por lo que come. Consumimos, pero no disfrutamos. Este es el tumor paradójico del capitalismo del siglo XXI. Asar a la parrilla no sólo le permite vigilar de cerca la tostada, por lo que puede asegurarse de que tenga el tono que desea, sino que también enfoca su atención, aunque solo sea brevemente, en la importante tarea. Al colocar la tostada en la parrilla y girarla (nunca confíe en alguien que sólo tuesta pan por un lado), está creando expectación por lo que se avecina.

Hay un número significativo de personas sensatas y racionales que, aunque afirman estar interesadas en lo que comen y beben, usan margarinas de laboratorio, suero de leche impuro, aceite vegetal para untar en sus tostadas. Todo esto es una abominación. Sí, la margarina es más barata, pero úsela para para engrasar un eje, nunca en tostadas. Del mismo modo, ¿a quién le importa si el aceite vegetal es “mejor para usted”? Pueden contener (ese es otro debate) grasas menos saturadas o, incluso, esteroles que reducen el colesterol, pero tienen un sabor desagradable, ¿Es así como quiere pasar su tiempo en la tierra ––sin alegría, viviendo en una escala de grises, privándose de uno de los grandes placeres de la vida con la vana esperanza de vivir (si puede llamarlo así) por unos años más? Coma un poco de mantequilla antes de que sea demasiado tarde. La mantequilla se debe aplicar (usando un cuchillo de mantequilla o una cuchara para así no romper el pan), hasta un grosor tal que se puedan ver islas flotantes amarillas de productos lácteos que aún no se han derretido. 

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