No podemos respirar

Opinió / Lluís Abbou

Son las dos menos cuarto de la madrugada del miércoles 14 de junio de 2017 en Londres. Una mujer transmite a través de Facebook los momentos de angustia y terror estando atrapada en su casa, en el piso vigésimo tercero de la Torre Grenfell, ya envuelta en llamas. Está encerrada con sus dos hijos pequeños y su hermana. Alguien aporrea la puerta. Su hermana le ruega que no abra, sabe que entrará demasiado humo y morirán asfixiados. Sin embargo, decide dejarle pasar. Entre la humareda aparece un vecino. Su hermana estaba en lo cierto. “I can’t breath”, chilla asomada a la ventana. En el exterior se pueden ver las sirenas de los coches de policía y de bomberos. “Help!”, se oye desde la calle. Es lo último que se sabe de Rania, de 30 años y de origen egipcio. Varios padres lanzaron a sus niños pequeños desde las ventanas de Grenfell, en el oeste de Londres, en un intento para salvarles del incendio.

Lamrani, que se encontraba debajo del edificio de 120 apartamentos y 24 plantas, podía ver a los vecinos golpear frenéticamente las ventanas y chillando. En el décimo piso, una mujer hace señas explicando que iba a tirar a su bebé y que si pudieran cogerlo. Fue un hombre quien escuchó su súplica y consiguió atrapar al niño, que sobrevivió. Otra mujer arrojó a su hijo de cinco años desde una ventana del sexto piso, quien se rompió algunos huesos, pero, a diferencia de su madre, vive. Uno de los residentes del bloque siniestrado, Paul, que vivía en el séptimo y logró escapar de las llamas, afirmó que, en el momento en que se desató el fuego, no se escuchó la alarma antiincendios, sino que fue el sonido de las sirenas de los bomberos que le alertaron.

“We can’t breath”, o lo que es lo mismo “No podemos respirar”. En una desgarradora llamada a la brigada de bomberos desde un piso en la vigésimo segunda planta, esas fueron las últimas palabras de Nadia, de 33 años, una maestra de guardería que murió en el incendio de la Torre Grenfell con sus tres hijas Zainab, Fátima, Mierna, su marido Basse y su madre Sirria. Al menos 34 de las 72 víctimas de Grenfell eran de origen africano, del Medio Oriente o asiático.

Ahora, tres años después, con el mundo presenciando protestas contra el racismo desencadenadas por la muerte de George Floyd, los paralelismos son más que evidentes. “Man, I can’t breath”, dijo Floyd pocos minutos antes de morir. Hace dos semanas, los manifestantes de Black Lives Matter terminaron su marcha en el sarcófago que se ha convertido el edifico de viviendas sociales que ardió en North Kensington, uno de los barrios más ricos de Londres

La Torre Grenfell se sometió a una importante renovación en el 2016. Se instalaron nuevas ventanas, un sistema de calefacción y un nuevo revestimiento de aluminio. En ese momento se dijo que el objetivo del revestimiento era mejorar el calentamiento y la apariencia externa. Los informes periciales después del desastre afirman que “la compañía encargada de la renovación decidió usar materiales más económicos que seguros”. Un hecho vital para entender cómo de rápido se extendió el fuego por todo el edificio. Los residentes habían expresado su preocupación antes del incendio. Enviaron cartas a las autoridades que nunca fueron respondidas. En enero de 2016, el Grupo de Acción Grenfell advirtió que sólo había una entrada y una salida y los pasillos estaban llenos de trastos. GAG sugirió que “sólo un evento catastrófico expondría la ineptitud e incompetencia del Gobierno.” ¿Es porque la mayoría de los ocupantes de la Torre Grenfell pertenecían a un entorno particular ––desfavorecido–– y ya por eso los colocaran en la Torre en primer lugar? ¿Tuvo eso algo que ver con el trato recibido?

La torre se mantiene carbonizada, cubierta por una larga tela blanca. Es un sarcófago al aire libre, es el recuerdo de la muerte a todo el vecindario, a los niños del colegio que hay en sus pies. Grenfell es como esta pandemia que ha azotado el mundo. Nadie sabía que sería de sus seres queridos una vez hospitalizados, la cantidad de muertes aumentaban cada día sin saber dónde ir o a quién recurrir. Las crisis sociales exponen las grietas de nuestra sociedad, pero también nos ofrecen la oportunidad de abordarlas juntas. Tanto oleada de solidaridad de hace tres años a raíz del incendio como la provocada por el Coronavirus han sido inspiradoras, pero no deberíamos querer una sociedad en la que organizaciones benéficas tienen que cerrar la brecha de los servicios públicos. El COVID-19, como Grenfell, nos ha demostrado que nuestra sociedad está menos dividida de lo que a veces parece. Ni los virus ni los incendios discriminan, pero las políticas sí. Con el Coronavirus se nos ha dicho que estamos “todos juntos en esto”, pero no lo estamos en la misma medida. La “nueva normalidad” a la que aspiramos debe ser una en la que Grenfell jamás vuelva a suceder.

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