Una enfermedad social

Opinió / Lluís Abbou

El aburrimiento es una enfermedad social. Hace siglos, cuando la gente estaba ocupada tratando de sobrevivir, el aburrimiento no era una opción. Pasaban las horas cazando o buscando refugio; no tenían tiempo de aburrirse. Ahora estamos sobre estimulados: el fácil acceso a infinitas opciones de entretenimiento alimenta el aburrimiento en lugar de desalentarlo. Aburrirse es escapismo: es un estado mental que elegimos para evitar la autorreflexión. Nos sentimos aburridos porque, en el fondo, sabemos que podemos dar más. El aburrimiento es el dolor del potencial no utilizado; Es una desconexión de todo lo que podemos ofrecer al mundo y viceversa.

Todos hemos experimentado el aburrimiento. Sentado en una clase de matemáticas donde el maestro habla sobre un tema que no le importa o no es capaz de comprender, puede que se haya encontrado soñando despierto o mirando un reloj que no parece moverse. Mientras espera un vuelo retrasado para despegar en el aeropuerto, puede buscar en vano algo que lo distraiga. O durante estos pasados dos meses de cuarentena mundial en la que era imposible, además de ilegal, dejar la casa.

El aburrimiento generalmente ocurre cuando las personas tienen problemas para enfocar su atención. Otro elemento clave del aburrimiento es el control. El aburrimiento a menudo ocurre cuando tiene poco control sobre la situación. Las salas de espera, las conferencias y las puertas de embarque son lugares donde no tiene ningún poder sobre lo que está ocurriendo. Normalmente, reaccionamos a situaciones desagradables cambiando la situación. Si no le gusta el libro que está leyendo, lo cierra y se dedica otra cosa. Si está aburrido de su pareja, rompe con él y se busca otra… así de fácil, ¿no? El aburrimiento ocurre cuando no puede cambiar la situación.

Nos creemos que confesar el aburrimiento es confesar un defecto en el carácter. Estamos rodeados de consejos sobre cómo evitar la pasividad: encontrar personas afines a ti, tener a un pasatiempo, querer algo, tocar un instrumento, leer un libro, limpiar la casa… Cuando los niños se aburren, los padres los apuntan a natación, fútbol, ​​baile, grupos religiosos… Cualquier cosa para aliviar el aburrimiento de dichos monstruitos y evitar las drogas (aunque a veces eso produce el efecto contrario, pero ese es otro tema muy diferente). Parece que hacer lo contrario, no combatir la inacción, es admitir que no estamos comprometidos con el mundo que nos rodea.

La abulia, pero, no es trágica. Bien entendido, el aburrimiento nos ayuda a comprender el tiempo y a nosotros mismos. A diferencia de la diversión o el trabajo, la apatía no se trata de nada; es nuestro encuentro con el tiempo y con nosotros mismos. Debemos aprender a sentirnos cómodos con el tiempo.

¿Sabe cuál es el mejor antídoto para el sopor? Si me tuviera delante, seguramente me miraría expectantes mientras un smartphone suspende en sus manos. «Piense», le diría yo con voz misteriosa. Pensar es el mejor antídoto contra el aburrimiento. No estoy bromeando. Pensar es el mejor antídoto contra el aburrimiento. Dígame que está aburrido. Piénselo.

Cuando uno está aburrido, el tiempo parece avanzar lentamente. La palabra alemana para la hartura de no hacer algo es ‘langeweile’ y esto mismo expresa: ‘lange’ significa ‘largo’, y ‘weile’ quiere decir ‘un rato’, es decir aburrimiento se traduce del alemán como ‘rato largo’. Y el tiempo que parece pasar lentamente puede ser tortuoso para las personas que no pueden sentirse en paz con sus mentes. Aburriese de vez en cuando y por motu proprio es crucial. Es un gran privilegio si puede hacer esto sin ir al psiquiatra.

No reemplace el aburrimiento con trabajo o diversión o hobbies. No dedique su tiempo a una pantalla en cada momento ocioso. El aburrimiento es el último privilegio de una mente libre.

Aférrese a la inapetencia; no se dará cuenta de lo rápido que pasa el tiempo.

Ya los dijo el escritor e intelectual americano Clifton Fadiman, que “aburrirse en el momento adecuado es signo de inteligencia”.

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