¿Sexismo o realidad?

Opinió / Lluís Abbou

Recordarán, supongo, ese antiguo acertijo sobre el padre y el hijo unidos por el azar debido a un trágico accidente automovilístico en el que el cirujano, mirando al niño en la mesa de quirófano, dice: “No puedo operarlo, ¡es mi hijo!” Como otra forma estúpida de señalar el sexismo de esta sociedad, esta adivinanza parece ya no funcionar: el giro de 180º grados o la solución al enigma (¿cómo es posible?) es que el cirujano es su madre, pero como muchos catetos inteligentes ha señalado, ¿por qué no su otro padre?

Aún así, hay ecos de ese rompecabezas en un nuevo estudio de investigación llevado a cabo por la prestigiosa Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts, que involucra escenarios en los que se les pidió a las personas que adivinaran el sexo de alguien descrito como cirujano. El resultado final: cuando los participantes se enteraron de que un tercero, “Persona X”, llegó a la conclusión de que un cirujano debe ser hombre, lo etiquetaron como sexista y defensor del ahora ultra famoso patriarcado. Pero cuando se les presentó una pregunta similar, hicieron exactamente lo mismo que la Persona X.

El análisis critico de todo esto es que somos unos terribles hipócritas y que estamos ansiosos por condenar a los demás como fanáticos de cualquier cosa negativa mientras que en secreto nosotros no somos menos intolerantes. Por otra parte, dado que es un hecho que más cirujanos son hombres que mujeres, tal vez sólo seamos realistas. En ese caso, ¿por qué ser tan crítico con la “Persona X”, que simplemente podría estar haciendo lo mismo? El hallazgo intrigante aquí no se trata de sexismo, sino de cuán fácilmente asumimos la mala fe en los demás. Sin importar cuán nobles o ignorables sean nuestros propios juicios, nos encanta decir que las ideas de otras personas son peores que las nuestras.

Una forma de desenredar esto es ver que hay dos razones contradictorias en juego, que los investigadores llaman “moral” y “estadística”. La moral sostiene con razón que los hombres y las mujeres son igualmente capaces de realizar una operación (teniendo, claro, los conocimientos precisos), y no es una locura querer ser el tipo de persona cuyos supuestos instintivos reflejan esa postura moral. Pero la lógica estadística sostiene con razón que, tal como están las cosas, más cirujanos son hombres. Y queridos, no es inherentemente sexista emitir juicios a partir de esa base.

El truco no es confundir a las dos ideas. Pero las confundimos crónicamente; por ejemplo, al permitir que nuestras posiciones morales sesguen nuestros juicios estadísticos. Hace unos años, un grupo de investigadores idearon un experimento usando la Encuesta Nacional de Victimización del Delito que involucraba situaciones imaginarias en las que una madre dejaba a su hijo a solas en su automóvil, pidiendo a los encuestados que juzgaran el peligro para el niño. Esa es una cuestión estadística, pero la moral prevaleció: juzgaron los riesgos como mayores cuando la razón de la ausencia de la madre era moralmente cuestionable (encontrarse con un amante) que cuando era más neutral (hacer un recado). Formando parte de la sociedad tan racional que algunos creen ser, todos deberíamos estar de acuerdo que es extremadamente arriesgado dejar a niño solo en un coche sea por la razón que sea. Pero ese es exactamente el tipo de distinción que luchamos por mantener, a pesar de lo que muchos crean.

En el debate político moderno, nadie navega muy bien por este territorio, ni los izquierdistas que tienden a reprender a los demás por prejuicios mientras ellos hacen lo mismo y lo ignoran; ni los de derechas cuya tendencia es insistir en que simplemente están recitando los hechos concretos sobre la realidad cuando a menudo también tienen prejuicios. La hipótesis de trabajo más segura es probablemente que todos somos un poco peores de lo que nos gusta fingir, mientras que otros son menos terribles de lo que es cómodo admitir.

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