Opinió / Lluís Abbou

No puedo estar más contento de haber arrancado del calendario la página de “enero”. No tiene nada que ver con el Brexit o con todas esas personas que me han dicho que no han bebido ni una gota de alcohol desde Navidad y que su piel está ahora mucho más brillante. O que la gente se hubiera convertido en vegetariana durante un mes y les funcionará tan bien comer una especie de papilla extremadamente procesada que no se parece a ninguna planta, viva o muerta. Especialmente fascinante fue esa charla que tuve con una desconocida con quien me vi obligado a entablar conversación durante una comida y me preguntó si estaba lo suficientemente hidratado. “¿Conservas el agua en una botella especial?”, me comentó muy seria. “Bebo agua del grifo, después de un buen chute de heroína”, le dije yo aún más tieso. Quiero decir… ¿es eso una conversación?

Lo peor es que ahora quiero tirar mi teléfono a la basura. No me he descargado ninguna aplicación rara, pero de repente, el otro día, tenía una extraña notificación: “La semana pasada fue un desafío para ti. Intenta ser más activo esta semana.” ¡¿Qué?! Hace ya unos meses deje de utilizar mi Apple Watch porque me exigía demasiado y me hacía estar muy conectado con el mundo ficticio del que a menudo quiero desconectar. Parecía querer tener una relación conmigo, mucho más de lo que yo deseaba tenerla con él.

Algunos de mis conocidos son corredores. Parece, además, que subir y bajar cuestas y terminar maratones y triatlones mantiene a raya la depresión y los cambios de humor… y es gratis. Es algo bueno, pero espero no ser el único que encuentra muy decepcionante aconsejar cuidar la salud mental como si fuera salud física. Hace poco rellené un formulario online para saber cómo mejorar mi salud psíquica (es algo que todos, todos, podemos mejorar). Tiene un plan que brinda “los mejores consejos y sugerencias” para conseguirlo. El resultado fue que debía bajar del autobús una parada antes, usará las escaleras y no el ascensor, me relajará más y todo eso. Sí, perfecto. A medida que avanza el invierno, algunas personas apenas pueden levantarse de la cama. Cuando hace frio es más fácil sentirse solos, sin esperanza y absolutamente desmotivados. Todos deberíamos hablar más sobre nuestros sentimientos, y es bueno que lo empecemos a hacer, pero las maneras no son las correctas ––creo. Nuestro malestar no se trata de patologías individuales. El cuidado personal nunca es malo, pero puede hacer que parezca que, de alguna manera, somos responsables de nuestra propia desesperación. Nuestro fracaso aquí es colectivo, y estamos fallando a los enfermos mentales de innumerables maneras. Es una ilusión pensar que las personas pueden salir corriendo (literalmente) de una angustia grave o que un poco de meditación es la respuesta, así como no puedes visualizar cómo salir corriendo de un cáncer.

Ahora, sin embargo, todo está empeorando. Age UK (una ONG británica que trabaja con los mayores) cuenta con gimnasios llenos de viejos. La gente de más de 55 años hace más ejercicio que nunca. Excelente. Incluso pensionistas. Reduce los riesgos de demencia, accidentes cerebrovasculares, cáncer y todo eso. Esto no es una sorpresa ya que cada mañana cuando voy a la universidad y paso por un parque veo a un grupo de abuelos haciendo Pilates, respirando pesadamente con una banda elástica en las rodillas y una pelota entre las piernas. Buena suerte. Y buena salud, y sigan haciendo ejercicio. Sé que debo moverme más y comer menos. Más allá de eso, ¿qué más hay qué decir? Mucho, mucho más al parecer. Sólo pido que dejen de decírmelo o cualquier día desapareceré del mapa. De aburrimiento…

Quizás diga que este es un tema diferente y que existe una diferencia entre las enfermedades graves y el “bienestar de cuerpo y mente”. ¿El bienestar incluye la pandemia de los trastornos de ansiedad en jóvenes y la alta tasa de suicidio masculino? ¿No necesitamos ser más claros acerca de la estadística de que uno de cada seis de nosotros tendrá “un trastorno de salud mental común”? ¿Qué desorden? El enfoque que estamos dando a la ansiedad y la depresión (tan malas como son) ha llevado a este creciente discurso de autoayuda: todos debemos tratar de comer bien, hacer ejercicio, no aislarnos… precisamente las cosas que no podemos hacer cuando nuestra salud mental es pobre. O, cuando en realidad, somos pobres.

La crisis de salud mental es un problema social. Las personas encuentran poca ayuda cuando hay largas listas de espera, semanas, para poder ir al psicólogo. Por si eso fuera poco, la atención psiquiátrica privada es cara. La concienciación es barata y reconfortante. Lo que es mucho más difícil de entender es por qué tantísima gente sufre.

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