Opinió / Lluís Abbou

No hace falta decir que las vacaciones son geniales. Leer un libro al día es genial. Tumbarse al sol es genial. Los velomares, los pies bronceados y una variada selección de embutidos fríos son cosas geniales. La cerveza fría a las 11 de la mañana es genial. Dormir mucho es genial. Conversaciones diarias durante una semana con un amante o amigo que te conducen a preguntas tan descabelladas como “¿Y quién era tu miembro favorito de ABBA?” porque ya habéis agotado los temas de conversación mientras hacéis cola en la caja de un supermercado extranjero es genial.

Libertad. Eso es lo maravilloso de unas vacaciones, sean las de verano, las de Navidad o las que sean. La sensación de que se ha liberado temporalmente de los grilletes de la rutina, y la breve consideración de que podría haber otras formas de vivir. Me ha llevado todo el año pasado comprender que cuando siento una total ausencia de libertad, encuentro la “tarea” de vivir mucho más difícil y complicada. No puedo sentir satisfacción cuando mis días están demasiado programados o completamente dictados por los planes de otras personas o los míos propios. Necesito un delgado margen en blanco para lo desconocido, lo improvisado, lo no planificado y lo inesperado. Necesito, más que nada, una vida que me permita cenar un jueves con un amigo sin tener que haberlo programado con doce semanas de antelación. La libertad es más fácil para algunos que para otros: la pobreza, enfermedades, problemas de movilidad, familias jóvenes con pocos recursos o padres ancianos son algunos de los factores que obstaculizan la posición privilegiada que nos da la libertad en el día a día.

Muchos de nosotros anhelamos una pequeña sensación de libertad para sentirnos seguros y tranquilos, así como vivos y vitales. Y, sin embargo, muchos de nosotros nos hemos creado y nos hemos encerrado en unas vidas que no permiten margen de maniobra para todas las cosas que la vida nos puede ofrecer sin previo aviso. En uno de mis poemas favoritos, Feel Free, Nick Laird declara: “I like to hang / above the ground, thus; hammocks, snorkelling, alcohol. / I also like the mind to feel a kind of neutral buoyancy / and to that end I set aside a day a week, Shabbat, / to not act” [Me gusta colgar / sobre el suelo; hamacas, bucear, alcohol. / También me gusta que la mente sienta una especie de flotabilidad neutra / y con ese fin, dejé un día a la semana, Sabbat, / para no hacer nada].”

A mí también me gusta colgar sobre el suelo en busca de pacífico Sabbat, pero mi vida lamentablemente no es una que pueda acomodar una dosis diaria de hamacas, océanos y alcohol. No podemos estar todo el tiempo buscando un estado de libertad sin ataduras y seguramente tampoco la mayoría de nosotros querría hacerlo. Sin embargo, podemos buscar formas de romper los patrones no examinados de la vida moderna que pueden estar atrapándonos en un rincón conocido como “normalidad” o “día a día”.

Podemos eliminar el correo electrónico de nuestros teléfonos todos los viernes. Podemos enviar a la mierda la tiranía de un gimnasio y correr en ciudades, suburbios y caminos rurales. Podemos intentar disfrutar de una ascenso o un compromiso o un cumpleaños o un café sin hacerlo saber a través de las redes sociales. Podemos dar un paseo a la luz del sol en nuestro descanso para almorzar en lugar de comer con dos mordiscos un sándwich de queso y jamón frente a la pantalla de nuestro ordenador o Smartphone. Si las buscamos, podemos encontrar nano-oportunidades fugaces para liberarnos del régimen dictatorial. Podríamos, si usamos nuestra imaginación, encontrar nuestras pequeñas formas de sentirnos libres.

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